BOGOTÁ COMO TERRITORIO BIOCULTURAL
“Hacia una lectura integral de la ciudad desde la naturaleza y la cultura”
Por Édgar Rodríguez Cruz*
En las últimas décadas, el concepto de territorio biocultural ha emergido como una categoría analítica clave para comprender las interrelaciones entre biodiversidad, cultura y sistemas sociales, especialmente en contextos urbanos complejos. Desde esta perspectiva, como lo propone Arturo Escobar, las ciudades no pueden entenderse únicamente como espacios construidos, sino como ecosistemas socioecológicos donde confluyen procesos históricos, dinámicas culturales, flujos ecológicos y relaciones de poder.
Desde el enfoque de la “Bioculturalidad”, Bogotá constituye un caso paradigmático por su ubicación geográfica en medio de cinco macrosistemas ecológicos (Andes, Amazonía, Caribe, Chocó Biogeográfico y Orinoquía), ubicarse a una altitud de 2.640m con un ecosistema altoandino y humedales, tener una población cercana a los 9 millones de habitantes, ser una metrópoli multicultural con habitantes de todas las regiones del país a raíz de la violencia y el conflicto armado, y ser receptáculo de migrantes de países vecinos en busca de oportunidades.
Bogotá afronta el reto de comprender mejor su realidad para diseñar e implementar soluciones idóneas y proyectarse con autenticidad en el tiempo. En este sentido, entenderse como un territorio biocultural le permite reconocer que su desarrollo y sostenibilidad dependen de la articulación entre ecosistemas, saberes locales, prácticas culturales y políticas públicas.
La presencia de aves migratorias evidencia que Bogotá hace parte de sistemas ecológicos transnacionales, lo que refuerza la necesidad de políticas de conservación urbana con enfoque regional y global. Asimismo, estas especies cumplen un rol simbólico y pedagógico al visibilizar la interdependencia global entre ciudades y naturaleza.
Bogotá está conformada por 20 localidades con características ecológicas, sociales y culturales diferenciadas. Esta heterogeneidad territorial implica que no existe una única Bogotá, sino múltiples territorios interconectados que expresan distintos grados de urbanización, presencia de ecosistemas, prácticas culturales y multiplicidad dinámicas socioeconómicas.
Desde la bioculturalidad, cada localidad puede entenderse como una unidad socioecológica, donde la gestión ambiental debe articularse con procesos culturales y comunitarios específicos. Esta perspectiva permite diseñar políticas territoriales sensibles a la diversidad local, fortaleciendo la participación ciudadana y el reconocimiento de saberes situados.
La relación entre áreas urbanas y rurales en Bogotá es estructural y no periférica. La ciudad depende de su entorno rural para el abastecimiento de agua, alimentos y servicios ecosistémicos fundamentales, especialmente de ecosistemas estratégicos como los páramos de Sumapaz y Chingaza. Sin embargo, esta interdependencia ha sido históricamente invisibilizada por modelos de desarrollo urbano que priorizan la expansión y la densificación sin considerar los límites ecológicos del territorio.
Desde un enfoque biocultural, la ruralidad bogotana no es un residuo romántico del pasado, sino un espacio vivo de producción de saberes, identidades y prácticas agroecológicas fundamentales para la cultura bogotana. Reconocer esta relación permite replantear la planificación urbana desde la justicia ambiental, entendida como la distribución equitativa de beneficios y cargas ambientales entre poblaciones urbanas y rurales en un marco de usos y costumbres.
Para comprender la ciudad y su territorio, es clave resaltar que los humedales forman parte de la estructura ecológica principal de Bogotá y cumplen funciones críticas de regulación hídrica, conservación de biodiversidad y mitigación del riesgo climático, tal como lo argumenta el profesor Thomas Van der Hammen. Más allá de su valor ecológico, los humedales son también espacios bioculturales, donde se articulan procesos de apropiación comunitaria, educación ambiental y construcción de memoria territorial.
Diversos estudios señalan que la conservación de humedales urbanos depende en gran medida del involucramiento de comunidades locales y de su reconocimiento como bienes comunes urbanos. En Bogotá, los procesos ciudadanos de defensa de los humedales evidencian la emergencia de una cultura ambiental urbana que desafía la visión utilitarista de concreto y ladrillo a ultranza del territorio y promueve nuevas formas de gobernanza socioecológica.
La vegetación de Bogotá, tanto endémica como introducida, desempeña un papel central en la regulación climática, la conectividad ecológica y la calidad de vida urbana. Los cerros orientales, parques, corredores verdes y humedales conforman una red ecológica que permite la movilidad de fauna, especialmente de aves migratorias que utilizan la ciudad como punto de descanso en rutas continentales como lo expone la BirdLife International.
En lo referente a las huertas urbanas, según Miguel Altieri, estas permiten recuperar saberes campesinos y ancestrales, fortalecer redes comunitarias y generar estrategias locales de adaptación al cambio climático. En contextos urbanos, estas iniciativas contribuyen a la soberanía alimentaria, entendida como el derecho de los pueblos a definir sus propios sistemas alimentarios, convirtiéndose a la vez en aulas vivas para el diálogo de saberes e intercambio de ideas y conocimientos.
En el caso de Bogotá, investigaciones periodísticas propias han permitido observar que la crisis causada por la pandemia del covid 19 y el estallido social del 2021, ocasionó un incremento de huertas urbanas y comunitarias, consolidándose como prácticas bioculturales que integran producción de alimentos, educación ambiental y fortalecimiento del tejido social en todas las localidades de la ciudad, resaltando que su valor no reside únicamente en la producción de alimentos, sino en su capacidad para reconstruir vínculos entre personas, territorio y naturaleza, tal como se expone en el proyecto documental “Sembrando Vida en Bogotá. La importancia ambiental, cultural y social de las huertas urbanas en la Localidad de Puente Aranda” del 2025.
En este escenario surgen dos cuestiones de trascendencia coyuntural para Bogotá y su desarrollo: el cambio climático y la cohesión social. En una metrópoli multicultural como lo es la Capital, donde confluyen poblaciones migrantes, comunidades étnicas y diversos sectores sociales, la adaptación climática debe incorporar enfoques ambientales, culturales, interculturales y participativos, dado que el cambio climático amplifica desigualdades sociales estructurales y afecta de manera diferenciada, primordialmente, a los grupos poblaciones más vulnerables.
Por otra parte, el fortalecimiento del tejido comunitario es condición fundamental para la resiliencia urbana y la transformación social. Estudios recientes destacan que las ciudades con altos niveles de cohesión social responden de manera más efectiva a crisis ambientales y sociales. En este sentido, la cultura, el arte, la participación comunitaria y las huertas urbanas son herramientas clave para construir sentido de pertenencia y corresponsabilidad territorial.
Así, surge la necesidad de incluir la bioculturalidad como componente orientador del Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de Bogotá, siendo esta una decisión estratégica para el futuro de la ciudad, en la medida en que permite reconocer que el territorio no es únicamente un soporte físico para la urbanización, sino un entramado vivo de relaciones entre ecosistemas, prácticas culturales, saberes locales y formas históricas de habitar. Este enfoque posibilita una planificación más integral, donde los cerros orientales, los humedales, los ríos, las áreas rurales y periurbanas, así como los barrios populares y las centralidades urbanas, se entienden como espacios co-construidos por la naturaleza y la cultura.
Incorporar la bioculturalidad en el POT implica, además, valorar los conocimientos campesinos, indígenas y comunitarios presentes en Bogotá, fortaleciendo la protección de la biodiversidad urbana y rural, la soberanía alimentaria, la gestión del agua y la adaptación al cambio climático desde una perspectiva territorial y socialmente justa, participativa e incluyente.
A manera de conclusión, una lectura integral de la ciudad desde la naturaleza y la cultura permite entender, explorar y proyectar a Bogotá como un territorio biocultural implica un cambio profundo en la forma de pensar la ciudad, pues, supone reconocer la interdependencia entre lo urbano y lo rural, valorar los humedales y la biodiversidad, comprender la diversidad ecológica de las localidades, fortalecer prácticas como las huertas urbanas y promover estrategias de cohesión social frente a los retos del cambio climático. Este enfoque no solo aporta a la sostenibilidad ambiental, sino que también abre caminos para una ciudad más justa, democrática y culturalmente viva, donde la relación entre naturaleza y sociedad sea el eje de la planificación territorial y del proyecto colectivo de ciudad.
* Édgar Rodríguez Cruz
Mgr Relaciones Económicas y Políticas Universidad de Economía de Cracovia (Polonia). Universidad de la Tierra y la Memoria «Orlando Fals Borda», «Terra Nova» grupo de Investigación en comunicación, cultura y desarrollo, «En Movimiento» Laboratorio de Innovación Social. Redactor editorial de Quira Medios.
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